La literatura, entre ficción y realidad.

Otros enfoques definen a la literatura como aquello que es ficción; sin embargo, existen textos que forman parte de la literatura y que no son exactamente ficción.

En este sentido, se debe considerar la gran innovación que se produjo a mediados del siglo XX, cuando los periodistas incursionaron regularmente en la literatura, y los escritores, en los medios periodísticos. Los resultados de esta influencia mutua fueron tanto la renovación del discurso periodístico como la creación de un nuevo género literario que consiste en la narración de hechos reales empleando recursos literarios que son los que imponen la diferencia con el texto periodístico.

Un claro ejemplo de esto es la novela Relato de un náufrago, del periodista y escritor colombiano Gabriel García Márquez. Esta obra cuenta la historia de un marinero de la marina colombiana que había sobrevivido al naufragio de un destructor: el testimonio tenía un gran valor periodístico, porque la causa del naufragio había sido una sobrecarga por mercaderías de contrabando. Para hacer más atractivo el extenso relato, García Márquez empleó un recurso literario: narrarlo en primera persona, con todas las descripciones y los comentarios por parte del protagonista, necesarios para que los lectores siguieran paso a paso sus experiencias y sensaciones. Así, lo que podría haber sido una nota periodística se transformó en una novela de gran valor literario.

La ficción se define como lo que no es real, como una construcción que copia la realidad, se parece a ella, pero no es la realidad en sí misma.

Aunque parezca evidente la diferencia entre lo que es real y lo que no lo es, si se considera la enorme diversidad de culturas en todos los tiempos y lugares, la diferenciación ya no resulta tan clara. Para el hombre moderno, bajo ninguna circunstancia es real que el Sol haya sido un hombre que se arrojó a una hoguera, y para los mayas eso realmente había ocurrido; tampoco se puede considerar real que una tormenta en el mar se haya generado porque el dios del mar se ofendió con un navegante, y para los habitantes primitivos de Grecia sí lo era.

Aún en nuestros días, se presenta esta situación con las religiones modernas: las personas creyentes dan por ciertos e indiscutibles muchos hechos que, para las personas que no profesan la religión, son inventados. Esto se relaciona con un concepto que resulta imprescindible tener en cuenta cuando se aborda el estudio de una obra literaria: la cosmovisión de la cultura en la que dicha obra se creó y circuló.

Se entiende por cosmovisión a la forma particular que cada sociedad tiene de ver e interpretar el mundo; es un conjunto de presuposiciones que, consciente o inconscientemente, tiene esa cultura acerca del mundo y de la vida, y que, al mismo tiempo, provee un modelo que guía a los integrantes de esa comunidad en su vida cotidiana, en sus rituales y en sus valoraciones personales.

Los criterios estéticos, los valores morales y hasta lo que puede o no ser aceptado como verdad están estrechamente relacionados con la cosmovisión y son determinados convencionalmente por cada sociedad.

La literatura construye «mundos», que en virtud de una especie de pacto tácito entre el autor y el lector, son tomados como existentes, pero solo dentro del ámbito de la ficción. Al leer una novela, no se puede decir que los personajes no existen, tampoco se puede decir que son reales: se puede decir que los personajes existen solo dentro de la novela, que nacieron para esa historia y viven únicamente dentro de ella; por lo tanto, son producto de la ficción.

Asimismo, la realidad se cuela en la ficción, por ejemplo, mediante la utilización de diferentes géneros textuales, como se puede apreciar en Boquitas pintadas.

(…)

En conclusión, si bien en cierto que una obra literaria es una creación ficcional, que se vale de un uso particular del lenguaje y que tiene por función generar un efecto estético, ninguno de estos criterios resulta suficiente en sí mismo para definir la literatura, por las siguientes razones:

  • El carácter ficcional: el límite entre lo ficcional y lo no ficcional en ciertas obras puede ser muy impreciso, por ejemplo, en los textos de carácter autobiográfico o en las novelas basadas en hechos reales.
  • El uso específico de la lengua: los hablantes modifican continuamente su modo de hablar, y no todos hacen el mismo uso del lenguaje. Por lo tanto, no puede determinarse un registro particular que defina los textos como literarios. Además, los personajes pueden emplear diversos registros.
  • La función social del texto: es absolutamente variable y hasta puede no tenerla.

El crítico contemporáneo inglés Terry Eagleton dice que no hay nada «esencial» que permita incluir un texto y no otro dentro de la literatura, ni en la actualidad, ni en épocas anteriores. La inclusión o la no inclusión dependerá de todos los factores mencionados considerados en su conjunto, combinados con factores de índole social que respondan a la época y al valor que las instituciones le asignen en ese momento a las obras analizadas.

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